En la naturaleza del ser humano está el envejecer. Si ninguna enfermedad grave o un accidente ocurre, todos moriremos algún día, ojalá de manera dulce, con muchos años y rodeados de las personas que más queremos. La muerte siempre ha sido un tema a debatir, cada persona lo enfoca de manera diferente, algunos le teman y otros la obvian. Sea como sea, lo cierto es que acaba por llegar y, tal y como decimos, antes de la muerte nos toca pasar por la vejez.

Con el paso del tiempo nuestro cuerpo se va degenerando, y también nuestra mente. Dejamos de tener tanta facilidad de movimiento, se nos olvidan las cosas y nuestro cerebro tarda más en procesar cierta información. Sin embargo, seguimos vivos, seguimos sitiéndonos felices por las cosas buenas y apenándonos por lo no tan bueno.

Antes era habitual que los abuelos, cuando no tuviesen capacidad de independencia, se fueran a vivir con los hijos. Sin embargo ahora las cosas han cambiado, cada vez tenemos menos tiempo y el trabajo y los quehaceres diarios nos impiden dedicarle tanto tiempo a nuestros ancianos. Por ello, las residencias se han convertido en una solución factible utilizada por muchos.

Desde luego, eso no quiere decir que queramos menos a nuestros padres o abuelos. Lo importante es que estén cuidados pero sobre todo que se sientan queridos. Organizar nuestro tiempo para pasarlo con ellos es fundamental, hacerles compañía y partícipe de nuestra vida diaria.

Pero no todos los mayores se sienten así, muchos se sienten abandonados porque realmente lo están. Así nos lo ha contado una anciana de de 82 años que, según cuenta, tiene cuatro hijos y 11 nietos, pero se siente sola y olvidada. Ella se llama Pilar Fernández Sánchez y escribió una carta abierta que se publicó en un medio de comunicación español. Unas palabras desgarradoras que nos hacen reflexionar sobre nuestros ancianos y también sobre el papel de la familia. La carta reza así:

Esta carta representa el balance de mi vida. Tengo 82 años, 4 hijos, 11 nietos, 2 bisnietos y una habitación de 12 m2. Ya no tengo mi casa ni mis cosas queridas, pero sí quien me arregla la habitación, me hace la comida y la cama, me toma la tensión y me pesa. Ya no tengo las risas de mis nietos, el verlos crecer, abrazarse y pelearse; algunos vienen a verme cada 15 días; otros, cada tres o cuatro meses; otros, nunca. Ya no hago croquetas ni huevos rellenos ni rulos de carne picada ni punto ni crochet. Aún tengo pasatiempos para hacer y sudokus que entretienen algo. No sé cuánto me quedará, pero debo acostumbrarme a esta soledad; voy a terapia ocupacional y ayudo en lo que puedo a quienes están peor que yo, aunque no quiero intimar demasiado. desaparecen con frecuencia. Dicen que la vida se alarga cada vez más. ¿Para qué? Cuando estoy sola, puedo mirar las fotos de mi familia y algunos recuerdos de casa que me he traído. Y eso es todo. Espero que las próximas generaciones vean que la familia se forma para tener un mañana (con los hijos) y pagar a nuestros padres por el tiempo que nos regalaron al criarnos“.

Fuente: Huffingtonpost

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La descorazonadora carta de una anciana que se siente sola
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La descorazonadora carta de una anciana que se siente sola
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Pilar Fernández tiene 82 años y ha escrito una carta reflexionando sobre la soledad que siente en su etapa anciana y sobre el papel de familia. Una carta que nos hace reflexionar a todos.
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La Nube de Algodón
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