Todos merecemos una oportunidad. Cuando las cosas nos van bien, es difícil que pensemos que nuestros privilegios podrían desaparecer si cometiésemos un error o que la vida puede cambiar de un día para otro por causas que no controlamos.

Desde ese punto, muchos no se paran a reflexionar sobre la cantidad de personas que hay en su entorno, en su comunidad, que por unas razones u otras viven en una situación de extrema dificultad. Gente que se ve con la única opción de pedir dinero, comida o ropa, en definitiva, ayuda, porque no son capaces de conseguir una oportunidad que cambie sus vidas.

A veces se trata de gente enferma, otras de personas que sufren exclusión por su procedencia porque han cometido errores en su vida y aún habiéndolos pagado no son capaces de recuperar la confianza. Hay tantos casos como gente necesitada en el mundo y hoy queremos hablaros de una inspiradora historia que os hará reflexionar sobre lo que supone ponerse en la piel del otro cuando nos encontramos en una situación privilegiada y sobre cómo podemos prestar una ayuda real si tenemos la oportunidad.

Marcus es un hombre que se equivocó en repetidas ocasiones cuando era joven. Con varios delitos en su expediente, desde que tenía 16 años le era imposible encontrar trabajos duraderos por la falta de confianza y eso le había llevado a tener que vivir en las frías calles de Minneapolis, en Minnesota.

Hace unos meses, decidió entrar en el Café de Abi, un local de su ciudad regentado por Cesia Abigail. Marcus se acercó a la barra y pidió dinero para comprar algo de comer, pero Cesia no estaba dispuesta a darle unas monedas y olvidarse de él. Tras preguntarle por qué no buscaba un trabajo, Marcus le contó su historia y cómo había acabado recurriendo a la mendicidad para sobrevivir. Sus errores de juventud habían marcado su vida para siempre, y nadie se atrevía a darle una segunda oportunidad.

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Fue entonces cuando Cesia cambió su vida. Ese día estaba falta de personal y le ofreció a Marcus la opción de quedarse un par de horas a echar una mano fregando platos.

‘¿Quieres trabajar? Tengo un trabajo para ti’, le dije, y sus ojos se abrieron de par en par y esbozó una sonrisa que me alegró el día. […] Ya lleva dos semanas viniendo un par de horas al día, lava los platos y saca la basura… Y cuando le pago, ¿sabéis lo que hace? Compra comida en mi restaurante y él DECIDE pagarla porque dice que le hace sentir bien. ¡Le hago un descuento!”.

El primer día que Marcus trabajó en el café, Cesia le pagó con comida, pero no se la comió toda; guardó la mitad y se la dio a una mujer que pasó por el establecimiento y también vivía en las calles como él.

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Actualmente, Cesia le ha dado un puesto fijo y afirma que se siente muy afortunada de haberle conocido. Es un gran trabajador y merecía una oportunidad; una lección que muchos deberíamos aprender, pues a menudo nos dejamos llevar por las apariencias y juzgamos sin saber.

Fuente: Faithtap